Del prólogo del libro 500 Años

PROLOGO

Del libro 500 Años, ni perdón ni olvido.

Un trauma nacional, mundial y humano, nos recorre desde hace cinco siglos sin encontrar descanso. Las consecuencias que arrastra un acontecimiento como la expansión del imperialismo europeo de los siglos XV, XVI y subsiguientes, trascienden generaciones, razas, clases sociales y culturas.

Vivir sin memoria se impuso primero a horca y cuchillo, por un supuesto mandato divino desde los púlpitos terrenales de los poderes vaticanos. La esclavitud es una condena que por generaciones se mantiene por demasiados siglos. La esclavitud física pero también mental por la vía de la destrucción del sistema simbólico que representa cada cultura y la construcción de uno nuevo, subalterno, sometido al desprecio y la exclusión.

Con la independencia y los gobiernos posrevolucionarios de nuestros países, por medio de la educación “civilizadora” se procuró no sólo adormecer sino aniquilar en definitiva cualquier rasgo que distinga la antigua estirpe, sus conocimientos y logros. Así lo refleja el pensamiento de los grandes liberales como José Vasconcelos considerado el “maestro de la juventud de América”, racista y abiertamente nazifacista, quien consideraba que “todo nos liga a Europa y todo nos separa del aborigen, por eso el recurso más eficaz… [es la] supresión calculada de todo lo indígena”.

Las políticas integracionistas de los institutos indigenistas de gran parte del siglo XX en todo el continente procuraron el proceso de etnocidio estadístico y real por medio del tránsito de comunidades y pueblos a colonias y barrios populares y marginales en los centros urbanos, dejando sus tierras de cultivo, lenguas y tradiciones, para incorporarse como mano de obra barata de la industria.

Para la conmemoración de los 500 años de la invasión europea al Continente Americano, comenzó con la pretensión de festejar la barbarie, llamándole eufemísticamente “Encuentro de Dos Mundos”. Previo a la fecha de 1992, se formaron comisiones nacionales del más alto nivel, con la intelectualidad tropilcalizada y peninsular con recubrimiento anticorrosivo, deseosos de agradecer a la “Madre Patria” por la llegada de nuestros verdugos y victimarios.

Esta serie de acontecimientos comienza con el tropiezo de Colón con una de las islas de las Antillas en 1492, y continúa con el sistemático arrasamiento de las islas y el establecimiento de un destacamento militar en Cuba apenas en la década siguiente. Al amotinamiento de Cortés y robo de naves del Imperio Español para alcanzar las costas de Veracruz en 1919 y el pretendido aniquilamiento de la cultura dominante, dos años después en 1521, siguió la expansión genocida e imperial hasta la Tierra del Fuego. Las guerras de “pacificación”, que no aceptaron otra alternativa que la absoluta subordinación mediante la esclavitud so pena de muerte de todos sus pobladores (calculados en 60 millones de personas en aquél entonces), y la expropiación absoluta de todas sus tierras, ríos, mares y todo lo que ahora llamamos recursos naturales, fue su consecuencia inmediata.

Guerra desequilibrada e injusta, porque no se trató de un pleito acordado entre las partes por un diferendo: no es que los aborígenes americanos hayan querido ofender o retar el poderío del Imperio Español (la mayor fuerza militar en el mundo de su época, apenas saliendo de su periodo feudal), sino que fueron alcanzados por las avanzadas que la política de expansión imperialista lanzaba en su afán de conquistar más tierras y obtener más riquezas. En estas avanzadas, se encontraron advenedizos y tratantes de esclavos, como el propio Cristóbal Colón, controladores del comercio marítimo que traía las riquezas de Oriente y de África, así como prófugos de la justicia, como el mismo Cortés lo era al huir de La Habana.

Considerar como un gran legado lo que nos dejaron los conquistadores por encima de todas las atrocidades cometidas es quitar la intencionalidad que tuvieron aquellos hombres ambiciosos que lejos de pretender el bien del prójimo, buscaron siempre avasallar a todo aquél que no fuera su igual, y enriquecerse del trabajo de otros, sus tierras, territorios y todo lo que pudieran apropiarse.

Reflexionar sobre el contenido de la ideología de los conquistadores nos mueve a considerar la “Doctrina del Descubrimiento”, que con diferentes nombres se ha naturalizado hasta en las leyes más “progresistas” y “modernizadoras” de los países independientes. Efectivamente, la modernidad misma, concepto indivisible del llamado mundo occidental, se encuentra basada en la serie de atropellos, despojo y esclavitud a la que sometieron a la mayor parte del a humanidad. El colonialismo que implantaron, lejos de haber terminado con la independencia de las colonias, se enraizó en la casta criolla gobernante que lo hizo suyo y lo extendió a todos los ámbitos de la vida social y cultural de nuestras naciones, con la idea de generar el “desarrollo” y “progreso” que según su juicio era impedido por el lastre que representaban sus culturas originarias.

Pretender que un robo es justo porque lo dice la ley del ladrón, es poco menos que dar la razón al genocida que arrasa pueblos enteros porque teme que algún día pueda sufrir lo que hace a sus víctimas.

La justicia finalmente, no es más que una construcción social que busca encontrar equilibrios entre los seres humanos que se dicen pertenecer a una misma comunidad y que pretendidamente comparten sus valores.

Nunca podrá haber justicia si no se tiene un mínimo consenso de lo que ha sucedido entre las partes involucradas. ¿Qué fue lo que sucedió? En esa pregunta elemental todavía hay resistencia a encontrar la respuesta. Se argumenta que fueron hechos muy remotos, que conviene mejor olvidar; que nadie de nosotros estuvo ahí como para poder saber qué tanto fue cierto lo que narraron los que pudieron dar su versión del hecho; que para qué tanto dolor. Mejor mirar para adelante, que el pasado ha quedado atrás, inmóvil e inamovible, estático y quieto.

Pero el pasado, neciamente, se nos aparece a cada instante y no resolver esos traumas sociales tan acendrados lo único que puede atraer es la infección de la herida que no ha sanado, el malestar y la falta de energía para crecer y ser más creativos.

Quienes más se oponen al debate, son los que tiene por cierto una posición cómoda. No desean perder el status que le ha dado esa misma historia que otros se empeñan una y otra vez en recapitular.

¿Dónde perdimos el paso en esta larga cadena? ¿Cuándo y quienes fueron quienes separaron a los seres en superiores e inferiores?

Tenemos las respuestas, pero no deseamos escucharlas. Sabemos que los poderosos de ahora piensan de la misma forma que aquellos preclaros adelantados que abrieron brecha a los negocios, porque desde los albores del capitalismo (que no de la historia) el motor fundamental ha sido el despojo de la fuerza de trabajo y de los recursos materiales. El despojo ha sido la clave para la concentración irracional de la riqueza que ha sido y es en la actualidad el motor del desarrollismo y crecimiento tan desproporcionado como insostenible de mercancías, muchas de ellas innecesarias y altamente perjudiciales para la salud y el futuro tanto de las sociedades humanas como de la naturaleza en su conjunto.

Incluso dentro de los movimientos antihegemónicos y emancipadores se piensa en un mundo pos-capitalista al pronosticarse el fin de la era capitalista, proceso que lleva ya muchas décadas y no se tiene claridad de cuándo llegará ese fin en un horizonte cercano. Pero, como veremos más adelante, cuando desde los pueblos y organizaciones indígenas se plantean soluciones y alternativas basadas en el bien común del comunalismo ancestral, también desde la izquierda se les rebate con el argumento fácil del “milenarismo”, de la pretensión de un imposible “regreso al pasado” que desde hace mucho tiempo se esgrime desde la academia y centro de poder dominante, olvidando la importancia de la enorme experiencia pre-capitalista de sociedades que construyeron continentes enteros, muy distintos al pretendido “camino único” del capitalismo imperante.

La intención de este libro es promover reflexiones críticas, en un mundo sobre informado de banalidades y noticias de último momento, y muy desinformado de lo que sucede en la realidad cotidiana y pretérita. Más nos valdría acercarnos al pensamiento de quienes nos precedieron para encontrar en sus yerros y aciertos la forma de hermanarnos finalmente luego de un largo periodo de barbarie.

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Prólogo del libro «500 Años, ni perdón ni olvido. Modernidad y descolonización».
1a. edición septiembre 2020.
120 pp.
Tamaño 14×21 cm.
Encuadernado pegado a lomo cuadrado.

De venta en: ceacatl.com

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